El lado oculto del inventor del teléfono
Hoy vamos a abrir las páginas de la prensa amarilla de la ciencia hasta llegar a la época en la que Alexander Graham Bell ya estaba sobrado de dinero y fama por haber inventado el teléfono.
Buscando nuevos horizontes que cubrir, Bell se decantó entonces por la genética, sacando lo peor de sí mismo y reafirmando esa idea de la sabiduría popular de que “no se puede ser bueno en todo”.
Bell empezó en la genética con modestia. Se limitó a criar un puñado de ovejas con cuatro pezones cada una en vez de los dos habituales.
Más tarde, como inventor de un aparato que se basaba en el sonido, se interesó por él a nivel genético: la herencia de la sordera.
Pero su verdadera pasión no tardaría en aflorar: la genética de la longevidad humana. Para ello, estudió a conciencia la familia de uno de los Padres Peregrinos de los Estados Unidos, un tal William Hyde. Tras estudiar sus datos, Bell concluyó que la longevidad era en su mayor parte heredada.
Un día como hoy, no hace demasiado (7 de marzo de 1876), la Oficina de Patentes concedía la patente del teléfono a Graham Bell, inventor escocés, en una polémica decisión que ha seguido coleando hasta nuestros días.