¿Todas las lenguas del mundo son igual de complejas?
A pesar de las apariencias, todas las lenguas y dialectos inventados por el ser humano disponen de una suerte de gramática universal y, también, de unos niveles de riqueza y complejidad parejos. O al menos las diferencias nada tienen que ver con el desarrollo de la sociedad en sí.
Lejos de tópicos como que el lenguaje barriobajero es menos denso que el lenguaje culto (si apartamos a un lado nuestros condicionantes estéticos, el dialecto de un negro del Bronx tiene tantos matices como el de un escritor pedante: consultad La tabula rasa de Steven Pinker para profundizar en los motivos), podemos afirmar a la luz de los descubrimientos antropológicos que las lenguas habladas por los pueblos “primitivos” contemporáneos son tan “civilizadas” como los nuestras.
La complejidad de las reglas gramaticales pude variar, sí, pero esta complejidad varía con independencia de los niveles de desarrollo político y tecnológico.
Según la biología moderna, lo que llamamos “persona” emerge poco a poco de un cerebro que se desarrolla gradualmente. El cerebro empieza a funcionar en el feto, pero sigue conectándose hasta bien entrada la infancia e incluso la adolescencia. Las fronteras, pues, cada vez son más difusas. Y este problema también se produce en los instantes finales de la vida de una persona, pues la muerte no es otra cosa que un fallo gradual e irregular de diversas partes del cerebro y el cuerpo.
3) ¿Qué tiene de especial el momento de la concepción? Para la doctrina moral que encontramos en algunas confesiones cristianas constituye el instante en el que el alma entra en el cuerpo, catalogándose así de asesinato el aborto, la eutanasia y la obtención de células troncales de los blastocitos. Pero desde la neurociencia, el alma (o el Yo) es algo inherente a la actividad neuronal que se desarrolla gradualmente en el cerebro del embrión.
Otro ejemplo de este fenómeno se produjo en los años 1980 en Nicaragua, donde se instauraron por primera vez escuelas para sordos que encabezaron la invención de un lenguaje totalmente nuevo. Las escuelas enseñaban la lectura labial con escaso éxito, pero en el patio de recreo los niños añadían las diversas señas manuales que empleaban en casa y establecieron una lengua franca vulgar.
Que el lenguaje es un instinto es una idea que hoy en día muchos psicolingüistas ya defienden sin demasiado problema.
Así es. Los niños prefieren jugar con coches y las niñas, con muñecas, independientemente de queramos que sea de otra forma (entonces no será raro comprobar cómo el niño convierte a la muñeca en piloto de Fórmula 1 y la niña acuna al coche para que se duerma por las noches). Es algo intrínseco a nuestro sexo. Es algo biológico. Está más allá de la psicología o las buenas palabras de meapilas de lo políticamente correcto y de quienes, guitarra en mano, ya sabéis, dú-dúa, dicen que el sexo es una construcción social y que si unos padres homosexuales adoptan un niño, el niño acabará siendo también homosexual, o jugando a muñecas.