La asombrosa inteligencia del moho del fango
Hoy vamos a hablar de inteligencia. Pero de la inteligencia emergente. También vamos a hablar del moho, el que estamos acostumbrados a ver en algún confín rural o suburbano del mundo. En la parte húmeda y por lo general fresca de un bosque en un día seco y soleado. En el abono del jardín, donde detectaremos una sustancia viscosa que recubre la superficie de un trozo de corteza en descomposición, por ejemplo. Es una masa de color anaranjado rojizo.
Es el moho del fango (Dictyostelium discoideum) es un organismo ameboideo que en agosto de 2000 fue entrenado por un científico japonés llamado Toshiyuki Nakagaki para encontrar el camino de salida más corta de un laberinto.
Pero ¿cómo se puede entrenar el moho del fango, en apariencia una masa sin nada parecido a inteligencia elevada, para subsanar un problema que quizá muchos de nosotros no seríamos capaces de resolver? La respuesta es la inteligencia emergente, la misma que guía a las colonias de hormigas o al crecimiento de las ciudades.
La risa es un misterio. ¿Para qué sirve? ¿Por qué se produce? ¿Qué ventajas evolutivas tuvo para perpetuarse hasta nuestros días? La risa es algo extraño, poco frecuente en otros mamíferos. Un extraterrestre que nos observara no daría crédito a nuestro gasto aparentemente inútil de energía: un jadeo rápido puntuado por oclusiones glóticas, ja-ja- ja.
La mejor forma de comprender cómo mejoraría nuestra vida al conocer y hasta anticipar la secreción de sustancias químicas específicas en nuestro cerebro es mediante el siguiente ejemplo.
Así pues, si cada vez tenemos un CI más alto y las razones que se pueden aportar no tienen que ver con la alimentación ni con las aulas, ¿de dónde procede este incremento cognitivo tan apreciable? Steven Johson, en su libro The bad is good for you propone una rompedora hipótesis: la razón estriba en un cambio sustancial de nuestra dieta “mental”.
Asumiendo que el CI sólo mide un tipo muy concreto de inteligencia, estos datos ponían de manifiesto que la genética no era suficiente para explicar este aumento de inteligencia. El efecto Flynn, pues, también es una prueba de peso que demuestra que el CI está profundamente afectado por el entorno.
Los últimos avances en neurociencia y sociología desacreditan cada vez en mayor medida las mediciones del Coeficiente de Inteligencia. Por ejemplo, se ha demostrado que las condiciones ambientales influyen más de lo que se creía en la supuesta inteligencia innata, y también que la inteligencia humana tiene muchas facetas que no suelen medirse en las baterías de tests.
Los que se les llena la boca diciendo que la televisión es la caja tonta y que contemplarla es dejarse abducir por ella, dejando nuestro cerebro en stand-by, parten de un error basado en una concepción arcaica y tradicional de la cultura.