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Steven Johnson

La asombrosa inteligencia del moho del fango

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Hoy vamos a hablar de inteligencia. Pero de la inteligencia emergente. También vamos a hablar del moho, el que estamos acostumbrados a ver en algún confín rural o suburbano del mundo. En la parte húmeda y por lo general fresca de un bosque en un día seco y soleado. En el abono del jardín, donde detectaremos una sustancia viscosa que recubre la superficie de un trozo de corteza en descomposición, por ejemplo. Es una masa de color anaranjado rojizo.

Es el moho del fango (Dictyostelium discoideum) es un organismo ameboideo que en agosto de 2000 fue entrenado por un científico japonés llamado Toshiyuki Nakagaki para encontrar el camino de salida más corta de un laberinto.

Pero ¿cómo se puede entrenar el moho del fango, en apariencia una masa sin nada parecido a inteligencia elevada, para subsanar un problema que quizá muchos de nosotros no seríamos capaces de resolver? La respuesta es la inteligencia emergente, la misma que guía a las colonias de hormigas o al crecimiento de las ciudades.

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La risa nació como herramienta para sobrevivir en nuestra infancia

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La risa es un misterio. ¿Para qué sirve? ¿Por qué se produce? ¿Qué ventajas evolutivas tuvo para perpetuarse hasta nuestros días? La risa es algo extraño, poco frecuente en otros mamíferos. Un extraterrestre que nos observara no daría crédito a nuestro gasto aparentemente inútil de energía: un jadeo rápido puntuado por oclusiones glóticas, ja-ja- ja.

Sin embargo la risa nos acompaña siempre, sobre todo cuando estamos rodeados de otras personas. La risa nos hace sentir bien. La risa, incluso, se enlata y se reproduce una y otra vez para dar empaque a las comedias de la televisión: la primera vez fue en 1950 acompañando a The Hank McCune Show. La risa es omnipresente y tiene un gran poder, además de ser contagiosa, pero ignoramos todavía mucho sobre sus fundamentos neurológicos.

Un estudio reciente indica que la risa desencadena la actividad en el nucleus accumbens, la misma región implicada en los circuitos del amor.

Otros estudios clínicos sugieren que la risa nos hace más saludables al reprimir las hormonas del estrés e incrementar los anticuerpos del sistema inmunológico S-IgA. Esta conclusión resulta, cuando menos, inquietante: ¿Por qué la selección natural favorecería a aquéllos cuyo sistema inmune reaccionara frente a los chistes?

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Nuestro cerebro está siempre drogado: ¿cómo sacarle partido? (y II)

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La mejor forma de comprender cómo mejoraría nuestra vida al conocer y hasta anticipar la secreción de sustancias químicas específicas en nuestro cerebro es mediante el siguiente ejemplo.

Imaginad que decidimos tomar un secante de LSD y, poco después, notamos la esperable confusión sensorial, colores derramándose, ataques de lucidez y de miedo, etc.

Imaginad que, otro día, esa misma dosis de ácido es ingerida por vuestro cuerpo sin que tengáis conocimiento de ello. Por ejemplo, alguien la ha diluido inadvertidamente en vuestra bebida. Y de repente, sin motivo aparente, vuestro mundo se transforma en un carrusel de alucinaciones, tal y como le sucedió a Albert Hoffman cuando sintetizó sin saberlo el LSD, convirtiendo su regreso a casa en bicicleta en un paseo de pesadilla.

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¿Cada vez somos más inteligentes? El Efecto Flynn (y III)

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Así pues, si cada vez tenemos un CI más alto y las razones que se pueden aportar no tienen que ver con la alimentación ni con las aulas, ¿de dónde procede este incremento cognitivo tan apreciable? Steven Johson, en su libro The bad is good for you propone una rompedora hipótesis: la razón estriba en un cambio sustancial de nuestra dieta “mental”.

Johnson lo plantea así:

Pensad en el esfuerzo cognitivo y lúdico que debía hacer fuera de la escuela cualquiera niño de diez años de hace un siglo: leía los libros que tenía al abasto, jugaba con juguetes o a pelota con los amigos del vecindario. Pero la mayor parte del tiempo se lo pasaba ayudando a las faenas de la casa o haciendo de mano de obra infantil. Comparad eso con el nivel de dominio tecnológico y cultural de un niño de diez años de hoy en día. Ahora sigue la marcha de un puñado de equipos de deporte profesional, alterna como si nada la mensajería instantánea con el correo electrónico para poder comunicarse con sus amigos, y también se sumerge en inmensos mundos virtuales adoptando nuevas tecnologías multimedia y resolviendo los problemas con toda la naturalidad del mundo. Gracias al aumento del nivel de vida, estos niños también tienen más tiempo libre que el de hace tres generaciones. Las aulas pueden que estén llenas desde hace años, pero los niños de ahora son puestos a prueba constantemente por nuevos medios audiovisuales y tecnológicos que les inducen a adquirir estrategias más avanzadas para afrontar la resolución de problemas. Casi todas las familias con niños pequeños hacen broma explicando cómo el hijo pequeño sabe programar el video mientras que el papá y la mamá, con todos sus títulos universitarios, apenas saben programar el despertador.

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¿Cada vez somos más inteligentes? El Efecto Flynn (II)

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Asumiendo que el CI sólo mide un tipo muy concreto de inteligencia, estos datos ponían de manifiesto que la genética no era suficiente para explicar este aumento de inteligencia. El efecto Flynn, pues, también es una prueba de peso que demuestra que el CI está profundamente afectado por el entorno.

Así pues, si es el entorno el responsable de que la inteligencia de los diferentes grupos sociales aumenta cada vez más, ¿qué factor ambiental o conjunto de ellos ha originado esta escalada que se da en los modos específicos de inteligencia medida por el CI: resolución de problemas, razonamiento abstracto, reconocimiento de patrones, lógica espacial?

A pesar de que existan objeciones al CI, psicólogos, sociólogos y otros expertos en psicometría ya no cuestionan que el efecto Flynn es real. En la mayoría de países del mundo el CI ha aumentado una media de 3 puntos por cada 10 años. Más aún: este aumento cada vez gana más velocidad. La media de los Países Bajos, por ejemplo, se incrementó 8 puntos entre 1972 y 1982.

Imaginaos las implicaciones de estos pequeños incrementos: si una persona que en 1920 era considerada muy inteligente según su CI pudiera viajar en una máquina del tiempo hasta el año 2000 y se volviera a presentar a un test de CI… sería considerada inmediatamente como una persona mediocre.

Los inteligentes de antes ahora son unos obtusos (siempre, insisto, desde el punto de vista de lo que miden los tests de CI).

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¿Cada vez somos más inteligentes? El Efecto Flynn (I)

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Los últimos avances en neurociencia y sociología desacreditan cada vez en mayor medida las mediciones del Coeficiente de Inteligencia. Por ejemplo, se ha demostrado que las condiciones ambientales influyen más de lo que se creía en la supuesta inteligencia innata, y también que la inteligencia humana tiene muchas facetas que no suelen medirse en las baterías de tests.

Sin embargo, estas objeciones al CI entendido como un número, no le quitan valor a la tendencia descrita por el Efecto Flynn. Incluso, la hacen más interesante.

A finales de 1970, un filósofo americano y activista de los derechos civiles llamado James Flynn empezó a investigar la historia de los coeficientes de inteligencia en un intento de refutar los estudios publicados por el controvertido académico Arthur Jensen (cuyo trabajo inspiró en lo menos polémico libro titulado The Bell Curve).

Esta controversia suscitada por Jensen, en pocas palabras, ponía de manifiesto un presunto margen de diferencia entre la puntuación de los negros y los blancos. Pero en su intento de demostrar que la tesis de Jensen era una falacia, Flynn llegó a conclusiones inesperadas.

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La telebasura también es intelectualmente estimulante

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Los que se les llena la boca diciendo que la televisión es la caja tonta y que contemplarla es dejarse abducir por ella, dejando nuestro cerebro en stand-by, parten de un error basado en una concepción arcaica y tradicional de la cultura.

Es cierto que la televisión no aporta ni aportará jamás la profundidad intelectual que, por ejemplo, ofrece un ensayo de neurociencia. Sin embargo, la comparación no es justa. La televisión también aporta una serie de estímulos cognitivos que muchos libros son incapaces de ofrecer.

En todo caso, como intenta demostrar el divulgador científico Steven Johnson en su libro Everything bad is good for you, la televisión no es tan estúpida como creemos. Y menos todavía la televisión de los últimos 20 años. Para ello no sólo recurre al ejemplo de la complejidad, la diversidad de líneas argumentales y la extrema sutilidad de muchas series catódicas, mayormente anglosajonas. También alaba, oh, horror, a los reality shows como Gran Hermano.

Su controvertida tesis parte de la base de que en esta clase de formatos televisivos es donde el espectador lo tiene más fácil para percibir emociones fidedignas, complejas reacciones emocionales que, al menos por unos segundos, el concursante del reality no es capaz de esconder. Los reality shows son más reales que el resto de la televisión.

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