El efecto Westermarck: no te acuestes con tu familia (I)
No importa que hablemos de seres humanos de distintas culturas, tampoco de primates sociales no humanos en los que se ha estudiado en profundidad el desarrollo sexual (como los titís y tamarinos de Sudamérica o los macacos asiáticos). El efecto Westermarck se produce en todos ellos.
Es decir, todos ellos rechazan a los individuos con los que estuvieron estrechamente asociados en las primeras etapas de la vida, sobre todo si se trata de padres o hermanos.
Este efecto fue descubierto primero en humanos por el antropólogo finés Edward A. Westermarck. Su primera referencia apareció en la obra de 1891 Historia del matrimonio. Desde entonces, multitud de pruebas experimentales han refrendado este efecto.
Uno de los más conocidos es el que realizó Arthur P. Wolf, de la Universidad de Stanford, en relación a los “matrimonios menores” de Taiwán. Los matrimonios menores son aquellos en los que niñas no emparentadas son adoptadas por familias, criadas con los hijos varones biológicos en una relación normal de hermano-hermana y después se casan con los hijos. De esta manera, las familias se aseguran que el hijo tendrá una pareja, dada la proporción sexual desequilibrada del país.
Tenemos la idea de que el genio, consagrado a su trabajo y a sus objetivos profesionales, siempre en una nube, apenas tiene tiempo para los placeres mundanos, incluyendo los carnales.
Después de acercarnos a los gustos físicos y sexuales de los hombres, muchos de vosotros me habéis preguntado qué pasa con las mujeres. ¿Qué quieren ellas? ¿Qué buscan? ¿En qué piensan?
¿Cuál es la razón evolutiva para que las mujeres incurran en un derroche de energía como el que supone tener dos pechos hinchados, incluso fuera de la época en la crianza de un bebé? ¿A qué viene esa acumulación de grasa un tanto grotesca pero que, sin embargo, atrae tanto al sexo masculino?
Según la sociobiología, nuestra forma de elegir pareja y nuestras preferencias relativas al aspecto físico son en el fondo producto de una ventaja genética. En principio, tendemos a desear emparejarnos o mantener relaciones sexuales con aquellos que en el contexto de nuestro pasado evolutivo incrementaban nuestro legado genético.
Los mamíferos (incluido nosotros) son anfitriones de billones de parásitos. No importan tu estado de salud o tus costumbres higiénicas.
Desde un punto de vista evolutivo, el orgasmo femenino no constituye un gran misterio: es un incentivo placentero para buscar ulteriores encuentros sexuales. Al orgasmo masculino hay que sumarle la eyaculación.
Muchos conspiranoicos creen que la
Una investigación realizada en la Universidad de Chicago ha estudiado los hábitos sexuales de 1.550 mujeres y 1.455 hombres, todos ellos de edades comprendidas entre los 57 y los 85 años. Las conclusiones del estudio ponen en evidencia que si bien con la edad disminuye la actividad sexual, después de los 70 años se sigue practicando el sexo.