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A menudo vivimos en modo zombi

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Aprovechando esta oleada de furor zombi que nos rodea, tanto en el cine como en la literatura, vale la pena recordar que los zombis no son muertos vivientes que nos persiguen día y noche para comerse nuestro cerebro.

Los zombis somos todos nosotros. La mayor parte del tiempo.

Aunque creamos que nuestra vida se basa en una serie de decisiones personales reflexionadas y ponderadas, esto no es cierto. Nuestro cerebro acostumbra a ir un poco a su aire, también a la hora de sacar conclusiones rápidas, en lo que se ha venido a llamar inconsciente adaptativo.

El inconsciente adaptativo es algo así como una parte del cerebro que procesa rápidamente y con discreción una gran cantidad de datos que son necesarios para nosotros. Por ejemplo, se pone en marcha cuando debemos apartarnos de la calle cuando se nos viene hacia nosotros un coche.

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Somos como somos dependiendo de donde estamos (I)

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Existe un mito muy arraigado en el acervo popular: que somos así o asá y eso nos define, que somos buenos o malos, que somos amables o ariscos, que somos altruistas o egoístas. O eres una cosa o eres la otra. Y, además, lo eres para casi siempre.

Diversos experimentos psicológicos empiezan a demostrar que esto no es así. Que los múltiples rasgos de nuestra personalidad se manifiestan de manera caprichosa y hasta contradictoria. Y que generalmente lo que más influye en estos cambios repentinos en nosotros mismos no es otra cosa que nuestro entorno.

Hasta el punto de que alguien puede ser una cosa o justo lo contrario de un día para el otro.

Parece que esta afirmación vaya en contra de nuestras intuiciones más profundas. Y también frases como: “Juan es muy amable y honrado conmigo, pero es muy retorcido con sus compañeros de trabajo”. Porque, al pensar en una personalidad, tendemos a imaginarla en términos absolutos. Pero la conducta humana funciona de otra forma muy distinta a cómo la intuimos.

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10 experimentos de psicología que vale la pena conocer (2/2)

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6) Manipulación de la memoria. No estoy hablando de la empresa que en la película Desafío Total se encargaba de instilarte los recuerdos de unas estupendas vacaciones en la memoria. La cosa es más sutil, pero igualmente manipuladora e impostada.

El experimento se realizó en 1974. 45 personas vieron una película acerca de un accidente de tránsito. A 9 de esas personas se les preguntó luego que estimaran a qué velocidad iban los vehículos cuando chocaron. Al resto de los grupos de 9 personas se les fue efectuando la misma pregunta pero con una pequeña diferencia: se sustituía la palabra “chocaron” por palabras como “colisión”, “impacto”, “encontronazo” y “golpe”.

Para los que respondieron a la palabra choque, iban 30km más rápido que aquellos a los que se le dijo la palabra encontronazo. Y semanas más tarde, cuando se les preguntó acerca de un vidrio roto en el accidente a los que había sido interrogados con las palabras más “fuertes”, recordaron perfectamente ese vidrio roto a pesar de que en el accidente no hubo tal vidrio roto.

Imaginad las implicaciones de este experimento. ¿Memoria histórica? ¿Los casos de supuestas violaciones infantiles que son los propios psicólogos, sin advertirlo, los que hacen creer como ciertos a sus pacientes?

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La música: una droga tonificadora y legal (y II)

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Pero vamos con ejemplos más contemporáneos. Queen y su We are the champions produce un exceso de euforia. El epítome de las canciones que producen empatía y socialización es Like a virgin de Madonna. La percusión y el tempo de Sympathy for the devil, de los Rolling Stones, invita a mantener la coordinación, a solidificar el empeño y la seguridad en uno mismo e, incluso, a fomentar las habilidades resolutivas.

No hay palabra que pueda potenciar la siniestralidad del motivo a dos notas de la banda sonora de Tiburón, la épica de violines de la obertura de Also sprach Zarathustra (la de 2001 Una odisea en el espacio), el misterio que suscita un conjunto de cuerda o el júbilo que transmite un scherzo.

Todas estas relaciones entre música y cerebro pueden parecer demasiado locales, demasiado occidentales. Y en parte lo son. Pero existen influencias más universales cuyo alcance no conoce fronteras culturales.

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La música: una droga tonificadora y legal (I)

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Cada vez tenemos más pruebas de que la música tiene tanta influencia en nuestro cerebro y nuestras emociones como una droga ilegal. Y, sin embargo, la música es legal.

Bien, no toda la música era legal hasta hace bien poco. Y aún quedan mentes prehistóricas como las que dirigen las entidades de gestión de derechos de autor que todavía se empeñan en convertir el intercambio de archivos musicales en una actividad ilegal (aunque la ley explicite que el intercambio de archivos protegidos por derechos de autor es completamente legal siempre que no haya ánimo de lucro).

Esperemos que, por desesperación, dichas entidades no consigan convertir la música en una droga prohibida que sólo ellos podrán administrar (como lo hacen con los análogos químicos las empresas farmacéuticas mientras se penaliza el consumo de sustancias que puedan hacer la competencia).

Pero dejémonos de ironías y vayamos al meollo de la cuestión. ¿Por qué la música puede compararse a una droga? ¿Hasta dónde puede influir en nuestro pensamiento y en nuestras emociones?

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Ojos que no ven, bolsillo que no siente (y II)

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La idea que os quiero transmitir de Vanuatu es parecida a la que transmitían las poblaciones indígenas de Norteamérica en el siglo XVI. Una sociedad materialmente modesta pero espiritualmente plena. Los indios de aquella época estaban unidos en comunidades pequeñas, igualitarias y pacíficas. Eran tan frugales que incluso el jefe de la tribu apenas podía poseer más que una lanza y unas pocas vasijas. Con la llegada de los primeros europeos, sin embargo, los indios entraron en contacto por primera vez con el lujo, el confort y la tecnología europeos.

En pocos años, los indios pasaron de vivir en armonía con la naturaleza y fomentar las relaciones entre los miembros de la tribu a anhelar joyas, alcohol, rifles, abalorios, espejos y demás posesiones materiales. Como indica Alain de Botton en su libro Ansiedad por el estatus:

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La infelicidad de quererlo todo

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I Want It All, que decía Queen. Pero ¿estaban equivocados? A la luz de ciertos estudios, en parte. Querer cada vez más, quererlo todo, es lícito, e incluso puede ser sano: después de todo, como especie hemos evolucionado en parte gracias a ese anhelo por poseer.

Pero el problema surge cuando empezamos a tener demasiadas cosas o, aún peor, cuando nuestra autoestima depende de la obtención de esas cosas y nuestras expectativas son demasiado elevadas.

Hoy, pues, voy a hablaros del problema del estatus y la autoestima.

Nuestros objetivos determinan lo que interpretamos como triunfo y lo que debemos considerar como un fracaso. William James( 1842-1910), profesor de psicología de Harvard, ha dedicado toda su carrera a convertirse en un psicólogo preeminente. (De hecho, James es el primer investigador que analizó metódicamente el fenómeno de la autoestima). Por lo tanto, según él mismo admite, puede llegar a sentir envidia e incluso vergüenza si se encuentra con otras personas que saben más psicología que él, o peor aún: si no son psicólogos de profesión pero atinan con alguna reflexión más allá de sus reflexiones.

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Los macacos suman mentalmente tan bien como los humanos

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macacos.jpgSegún un estudio de la Universidad de Duke los macacos son capaces de sumar mentalmente y sus resultados son comparables a los de estudiantes universitarios (humanos). Aunque se sabía que estos animales eran capaces de diferenciar cantidades, hasta ahora no se había demostrado su capacidad para realizar operaciones aritméticas.

En este experimento tanto macacos como humanos eran enfrentados a grupos de manchas. Primero se les ponía una pantalla con un determinado número de manchas. Luego otra con un número diferente, y una tercera en la que tenían dos opciones: una caja con la suma de esas manchas y otra caja con una cantidad diferente. Los macacos eran recompensados cuando tocaban la caja que mostraba la suma de las manchas de las dos pantallas anteriores.

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De tus ojos, ¿cuál es el líder?

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OjoUna persona tiene dos manos, dos piernas, dos orejas, dos ojos, dos hemisferios cerebrales. Pero es solo a primera vista donde podemos creer que el humano es un criatura simétrica. A pesar de la supuesta simetría hay evidencias que la refuta. Primero, tenemos una mano líder (la diestra en la mayoría de las personas, segundo, tenemos un ojo líder. Tercero, el funcionamiento del cerebro es asimétrico: el hemisferio izquierdo (conocido como la parte lógica) controla, y está implicado en la facultad de reconocer, grupos de letras formando palabras, y grupos de palabras formando frases, tanto en lo que se refiere al habla, la escritura, la numeración, las matematicas y la lógica, como a las facultades necesarias para transformar un conjunto de informaciones en palabras, gestos y pensamientos; y el hemisferio derecho está especializado en controlar sensaciones, sentimientos, prosodia y habilidades espaciales; habilidades visuales y sonoras no del lenguaje como las artísticas y musicales.

Volviendo a los ojos, el derecho es el líder aproximadamente en el 66% de los casos. Se ha desarrollado test específicos para determinar esto. Se basan en el proceso de percepción de información visual, por ejemplo, la percepción de textos, ¿de la derecha a la izquierda o al revés? Estos estudios se llevaron a cabo en el Institute of Cognitive Neurology of the Modern University for the Humanities.

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¿El dinero no puede comprar la felicidad? ¡Falso!

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Tio GilitoEl dinero no puede comprar la felicidad, o eso dice el refrán. Pero puede que no sea cierto. Cabe decir que el dinero no es lo más importante en la vida, pero tampoco podemos decir que no es importante. Ed Diener, un psicólogo de la Universidad de Illinois, dijo que la conexión es compleja pero que la gente rica tiene un nivel sustancialmente superior de satisfacción frente a las personas pobres.

“Hay una evidencia aplastante de que el dinero compra la felicidad”, dijo Andrew Oswald, un economista de la Universidad de Warwick (Inglaterra). “El debate es la intensidad de ese efecto de satisfacción”.

El profesor Oswald elaboró un estudio de los británicos que ganaron entre 2.000 y 250.000 dólares en la lotería. Ellos mostraban un incremento en felicidad más o menos considerable.

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