Donde acaba el hombre... y empieza la máquina

Todos tenemos en nuestra mente la imagen inconfundible del joven Eduardo Manostijeras, el personaje solitario e ingenuo creado por el dibujante y cineasta Tim Burton. Impregnado de la estética inconfundible de su director, Eduardo Manostijeras tenía la peculiaridad –como su nombre indica – de contar con tijeras en lugar de manos. Con ellas daba forma a los setos de los jardines y al cabello de sus vecinas, usándolas incluso para realizar algún arreglo doméstico.
El personaje de Burton nunca tuvo manos porque no era humano: se trataba de un robot incompleto. Su creador murió repentinamente dejándolo con tijeras en lugar de con cinco bonitos dedos. Pero las tijeras no constituían para él herramientas, sino una parte de su anatomía, simple y llanamente.
Esta apreciación, aparentemente tan sencilla, no lo es tanto. Resulta que cuando usamos una herramienta cambia la forma en que nuestro cerebro representa las dimensiones de nuestro cuerpo. Es decir, cuando utilizamos un martillo, una cuchara o un abanico éstos se convierten en parte de nuestro esquema corporal y nuestro cerebro los identifica como una parte más del propio cuerpo.