El arca de Noe de las plantas: la bóveda del fin del mundo.
El archipiélago noruego de Svalbard, conocido por muchos como “la Perla del Ártico”, es un lugar remoto y extraño situado entre los 74º y los 80º Norte. Longyearbyen, su capital, es el sitio habitado más próximo al Polo Norte geográfico.
En este archipiélago se ubica también una construcción que nos remite a las películas de ciencia ficción sobre el fin del mundo. Estoy hablando de la Bóveda Global de Semillas de Svalbard (en inglés, Svalbard Global Seed Vault y en noruego, Svalbard globale frøkvelv), que ya ha sido apodado como la “bóveda del fin del mundo”.
Un silo que se construyó a 130 metros de profundidad en una montaña de piedra arenisca en la isla de Spitsbergen, cerca de Longyearbyen, a 1.000 kilómetros de Noruega y a otros 1.000 del Polo Norte. Las obras se iniciaron en marzo de 2007 y el silo se inauguró oficialmente el 26 de febrero de 2008.
La cultura popular, tan machacona ella, nos ha hecho creer a menudo que los sabores son como el hilo de Ariadna que nos lleva a recuerdos de una forma que ningún otro sentido es capaz. Ahí tenemos el famoso inicio de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, cuya trama es desencadenada a través del sabor de una magdalena que le recuerda a las magdalenas que comía de pequeño.