La historia de la desigualdad entre seres humanos según su inteligencia (y IV)
La creatividad sigue siendo un elemento misterioso que no suele tenerse demasiado en cuenta a la hora de medir la inteligencia de una persona. La creatividad permite asociar repentinamente ideas que hasta entonces habían permanecido inconexas, y esta asociación se produce a partir de un elemento común.
Muchos problemas, por ejemplo, sólo pueden resolverse con grandes dosis de creatividad. Como el problema al que el tirano de Siracusa encomendó a Arquímedes: ¿cómo saber si la corona que le habían obsequiado era de oro y no una aleación de oro y plata?
Arquímedes conocía el peso específico del oro y de la plata. Pero no había forma de medir el volumen de un objeto tan irregular como una corona sin fundirla y vaciarla en un recipiente. Entonces tomó un baño mientras pensaba en cómo resolver su problema, y se dio cuenta de que el nivel del agua ascendía a medida que él entraba en ella. El agua desplazada era igual al volumen del cuerpo sumergido en ella.
Arquímedes ya sabía que el nivel de agua ascendía cuando el se metía en ella. Pero no se dio cuenta de las consecuencias de ello hasta que no mezcló su problema de la corona con este hecho cotidiano.
Cada vez más el cociente intelectual va perdiendo su carácter monolítico. Cada vez más descubrimos que la inteligencia está formada por componentes que se deben entender como independientes entre sí. Howard Gardner resumió esta investigación en La nueva ciencia de la mente, en 1985.
Tenemos la idea de que el genio, consagrado a su trabajo y a sus objetivos profesionales, siempre en una nube, apenas tiene tiempo para los placeres mundanos, incluyendo los carnales.