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Carl Sagan

Una visión científica sobre el aborto (y IV)

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Según la biología moderna, lo que llamamos “persona” emerge poco a poco de un cerebro que se desarrolla gradualmente. El cerebro empieza a funcionar en el feto, pero sigue conectándose hasta bien entrada la infancia e incluso la adolescencia. Las fronteras, pues, cada vez son más difusas. Y este problema también se produce en los instantes finales de la vida de una persona, pues la muerte no es otra cosa que un fallo gradual e irregular de diversas partes del cerebro y el cuerpo.

Entre la vida y la muerte hay muchos grados y tipos de existencia, algo que se agudizará a medida que avance la tecnología médica.

De nuevo Steven Pinker:

Esto no significa que no existe ninguna política defendible y que haya que dejarlo todo en manos del gusto personal, el poder político o el dogma religioso. Como señala el bioético Ronald Green, significa sencillamente que tenemos que reconceptualizar el problema: de encontrar una línea divisoria en la naturaleza a decidir una línea divisoria que mejor equilibre lo bueno y lo malo de cada dilema político. En cada caso debemos tomar decisiones que se puedan llevar a la práctica, que consigan el máximo grado posible de felicidad y que reduzcan al mínimo el sufrimiento actual y futuro. Muchas de nuestras políticas actuales ya son compromisos de este tipo: se permite la investigación con animales, aunque se regula; a un feto muy desarrollado no se le reconoce un estatus legal completo como persona, pero no se puede abortar a menos que sea necesario para proteger la vida o la salud de la madre. Green observa que el cambio de buscar a decidir esas líneas divisorias constituye una revolución conceptual de dimensiones copernicanas.

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Una visión científica sobre el aborto (II)

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La ciencia trasciende nuestra mirada bizca y nos muestra un poco mejor qué se esconde detrás de los espejismos de la realidad. Como un telescopio. Como un microscopio. Como unas lentes bien graduadas. Como unos rayos X que no se quedan en la superficie de las cosas.

Por esa razón es inconcebible que una persona sostenga una opinión cualquiera sobre el aborto sin previamente haberse armado esta opinión bajo un riguroso prisma científico. Dejando atrás lo que creía saber.

Y entonces, una vez tengamos a mano todo lo que sabemos científicamente sobre el aborto, deberíamos abordar realmente el asunto de las fronteras. ¿16 semanas? ¿El instante de la concepción? ¿Una vez nacido? ¿Después de unos meses de haber nacido pero antes de que el sistema nervioso se haya acabado de formar?

La frontera, desde un punto de vista científico, es imposible de establecer. Pero sí se pueden descartar algunas ideas preconcebidas, o al menos se pueden discutir más fluidamente.

Lo expresa así Daniel Dennett en su libro La peligrosa idea de Darwin:

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El undécimo Mandamiento (y II)

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Hasta que llegue ese momento, siguirán existiendo religiones que continúen afirmando cosas sin ninguna prueba de ello, de una forma tan terca que produce miedo más que asombro. Dentro de las religiones recientes con más de un millón de adeptos, hay una que dijo que el mundo terminaría en 1914. Cuando el mundo no terminó ese año, no asumieron que se habían equivocado. Podrían haber dicho que Dios tuvo misericordia y pospuso la fecha, pero dijeron algo incluso más ridículo: que en realidad el mundo terminó en 1914 pero que no nos hemos dado cuenta.

Hay otra religión que dice que todas las enfermedades son psicogénicas y que no existen microorganismos patógenos.

Otra religión que cree que, en el siglo XX, un ángel preparó una serie de tablas de oro y un ser humano divinamente inspirado las enterró. Las tablas estaban escritas en jeroglíficos egipcios antiguos y contenían una serie de libros hasta entonces desconocidos, parecidos a los del Antiguo Testamento.

Otra religión que cree que, con la suficiente fe, uno puede levitar, rompiendo las leyes de la gravedad.

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El undécimo Mandamiento (I)

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En una de las conferencias pronunciadas por Carl Sagan en 1985 en las prestigiosas Conferencias Gifford, que se celebran en Escocia anualmente desde el siglo XIX, y de las que aquel año se celebraba el centenario de su inauguración, explicó que en occidente tenemos Diez Mandamientos, pero que ninguno de ellos nos exhorta a entender el mundo, a comprender las cosas, a combatir la ignorancia y el inmovilismo en las ideas.

Lo cierto es que muy pocas religiones nos empujan a potenciar nuestra comprensión del mundo.

Cuando se critica que las prescripciones morales e ideológicas de la religión han quedado en gran parte anticuadas o no se han sabido adaptar a los nuevos descubrimientos sobre la realidad, enseguida los creyentes demandan respeto a su fe, por muy irracional o impulsiva que sea ésta. Y, por supuesto, uno puede creer lo que quiera. Lo que es difícil de respetar es el dogma. Porque el dogma es sinónimo de fanatismo.

Los creyentes suelen aducir que quienes creen en la ciencia también tienen otro modo de fe: fe en que, por ejemplo, determinados postulados científicos son verdaderos. Eso es cierto. La diferencia estriba en que las verdades de la religión son incuestionables, eternas, proceden de una sola fuente o de muy pocas fuentes, no se cuestionan a menudo, no se someten a duros análisis so pena de considerarse una falta de respeto, no se conducen, en definitiva, con humildad.

La ciencia es también fe. Fe en hipótesis y teorías. Pero una fe humilde, deseosa de evolucionar, pues considera que no posee la verdad, sino que se aproxima a la verdad en sucesivos adelantos y regresiones.

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La inmoralidad de profesar una fe (y II)

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Otro aspecto que habría que añadir a esta clase de fe basada en intuiciones o sensaciones, mitos y leyendas, es que no precisa de sentido crítico alguno, es impermeable al cuestionamiento sistemático. Es decir, muchos de nosotros podemos creer que la teoría del Big Bang puede ser provisionalmente cierta. Pero estamos dispuestos a admitir que es errónea en cuanto nos presenten una teoría alternativa más sólida o alguna prueba de que el Big Bang no pudo producirse sin violar todas y cada una de las leyes de la naturaleza que ya hemos ido acabalando mediante pruebas y errores.

Es relativamente fácil que un científico o un escéptico recule sobre sus ideas, no así un religioso. El científico asume que sus ideas son provisionales y anhela encontrar otras ideas provisionales mejores. El religioso considera que sus ideas son únicas, intocables y dignas de respeto incluso por quienes no profesan su credo.

Por último están los intelectuales de las ciencias sociales, que consideran que todo es relativo, porque nada puede saberse con seguridad. Lo cual es una falacia epistemológica, como bien demuestran textos imprescindibles como Imposturas intelectuales, de Sokal y Bricmont. Es evidente que nadie puede saber con el 100 % de seguridad si una cosa es cierta o no, pero en ciencia sí que pueden establecerse grados de veracidad a ciertos fenómenos. El grado suficiente como para poder gestionarlos y relacionarlos con la realidad que nos rodea.

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Ciencia VS Fe: algunas citas célebres

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Thomas Henry Huxley (1825-1895):

Confíe en un testigo en todo aquello en lo que no esté fuertemente involucrado ni su propio interés, ni sus pasiones, ni sus prejuicios, ni su amor por lo maravilloso. Si lo están, exija una prueba que lo corrobore en proporción exacta a la contravención de la probabilidad por la cosa atestiguada.

Samuel Butler (1667-1669):

Una mente crédula encuentra el mayor deleite en creer cosas extrañas y, cuanto más extrañas son, más fácil le resulta creerlas; pero nunca toma en consideración las que son sencillas y posibles, porque todo el mundo puede creerlas.

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