¿Cómo empieza paso a paso una moda o tendencia social? (I)
Hay un hecho cotidiano que, a los 10 años, me sumió en el desconcierto. Era un fenómeno que ocurría en mi colegio, y que solía manifestarse en el recreo. Y consistía en que de repente, sin previo aviso, un buen puñado de compañeros de clase se traía un yoyó y jugaba con él, cuando el yoyó ya estaba pasado de moda y era un artilugio casi matusalénico.
Los dos discos de madera unidos por una liana nacieron en China hace tres mil años, y se usaban como arma de guerra, no con fines lúdicos. En la Europa del siglo XVI, importado desde Filipinas, se usaba para cazar animales: se lanzaba a distancia y se trababa entre las piernas de las piezas de caza. Sólo a partir del siglo XVIII el yoyó empezó a considerarse un juego.
Y allí estaba, en mi colegio, a finales del siglo XX.
Al cabo de dos semanas de aparecer de nuevo el yoyó, prácticamente todos mis compañeros de clase tenían yoyó. Y no sólo eso, sino que algunos se especializaban en ejecutar toda clase de maniobras con ellos. Como si el yoyó fuera el divertimento más cool del momento. Incluso yo, que siempre he sido un poco refractario a las tendencias, acababa en algún quiosco cercano preguntando por el yoyó.
A menudo nos asombra hasta dónde puede llegar a hacer una turba de gente. Lo podemos observar en los partidos de fútbol que acaban en tragedia. Parece ser que la gente, cuando está en grupo, se funde con él y deja aflorar su parte más primitiva.
La creatividad sigue siendo un elemento misterioso que no suele tenerse demasiado en cuenta a la hora de medir la inteligencia de una persona. La creatividad permite asociar repentinamente ideas que hasta entonces habían permanecido inconexas, y esta asociación se produce a partir de un elemento común.
Cada vez más el cociente intelectual va perdiendo su carácter monolítico. Cada vez más descubrimos que la inteligencia está formada por componentes que se deben entender como independientes entre sí. Howard Gardner resumió esta investigación en La nueva ciencia de la mente, en 1985.
Todos nos hemos visto obligados a hincar los codos alguna vez para estudiar para un examen. Y luego para otro más. Y ¿todo para qué? Para obtener una eventual titulación que nos proporcione un presunto puesto laboral bien remunerado o, en el caso de los más utópicos, una mente bien amueblada.
Cuando nos relacionamos con una persona siempre aflora un pulso emocional entre ambos, una firma irrepetible que aparece de manera espontánea y automática. Algo así como una música que no oímos pero que nos influye. Una serie de patrones que nacen de la unión entre los patrones de cada individuo.
La mayoría de nosotros se ha sometido alguna vez a un test de CI. Son baterías de preguntas sobre distintos tipos de tareas, sobre ordenar conceptos, completar sucesiones de números, componer figuras geométricas, etcétera.
A veces me sorprende la protección que dispendiamos a determinados colectivos y, por el contrario, cómo nos despreocupamos de otros. Por ejemplo, está prohibidísimo decir algo que minusvalore a una mujer o a un grupo étnico.
Tras la resaca de San Valentín, las flechas de Cupido y los regalos de los grandes almacenes (a todos nos gustan los regalos, sobre todo a los grandes almacenes), vale la pena puntualizar algunas cosas sobre el amor desde un punto de vista biológico. Me perdonarán los poetas.
Tendemos a pensar que para conocer a alguien necesitamos grandes cantidades de tiempo a fin de evaluar todos sus rasgos, uno a uno y en diferentes contextos. Lo mismo sucede cuando nos preguntan si un matrimonio tendrá futuro o no: ¿cómo saberlo en un simple golpe de vista?