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Psicología

¿Cómo empieza paso a paso una moda o tendencia social? (I)

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Hay un hecho cotidiano que, a los 10 años, me sumió en el desconcierto. Era un fenómeno que ocurría en mi colegio, y que solía manifestarse en el recreo. Y consistía en que de repente, sin previo aviso, un buen puñado de compañeros de clase se traía un yoyó y jugaba con él, cuando el yoyó ya estaba pasado de moda y era un artilugio casi matusalénico.

Los dos discos de madera unidos por una liana nacieron en China hace tres mil años, y se usaban como arma de guerra, no con fines lúdicos. En la Europa del siglo XVI, importado desde Filipinas, se usaba para cazar animales: se lanzaba a distancia y se trababa entre las piernas de las piezas de caza. Sólo a partir del siglo XVIII el yoyó empezó a considerarse un juego.

Y allí estaba, en mi colegio, a finales del siglo XX.

Al cabo de dos semanas de aparecer de nuevo el yoyó, prácticamente todos mis compañeros de clase tenían yoyó. Y no sólo eso, sino que algunos se especializaban en ejecutar toda clase de maniobras con ellos. Como si el yoyó fuera el divertimento más cool del momento. Incluso yo, que siempre he sido un poco refractario a las tendencias, acababa en algún quiosco cercano preguntando por el yoyó.

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La responsabilidad de nuestros actos se diluye cuando estamos en grupo

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A menudo nos asombra hasta dónde puede llegar a hacer una turba de gente. Lo podemos observar en los partidos de fútbol que acaban en tragedia. Parece ser que la gente, cuando está en grupo, se funde con él y deja aflorar su parte más primitiva.

Las personas se comportan de manera distinta cuando están a solas que cuando están acompañadas. Incluso cuando la compañía es muy pequeña. A veces, por ejemplo, nos asombra que una persona esté siendo agredida mientras un puñado de personas contempla la escena sin hacer nada para impedirlo.

Como si las personas se volvieran apáticas en compañía de otros.

Es lo que quedó en evidencia en un famoso experimento dirigido por dos psicólogos de Nueva York, Bibb Latane, de la Universidad de Columbia, y John Darley, de la Universidad de Nueva York. Un experimento bautizado como “el problema del transeúnte que pasaba por allí.”

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La historia de la desigualdad entre seres humanos según su inteligencia (y IV)

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La creatividad sigue siendo un elemento misterioso que no suele tenerse demasiado en cuenta a la hora de medir la inteligencia de una persona. La creatividad permite asociar repentinamente ideas que hasta entonces habían permanecido inconexas, y esta asociación se produce a partir de un elemento común.

Muchos problemas, por ejemplo, sólo pueden resolverse con grandes dosis de creatividad. Como el problema al que el tirano de Siracusa encomendó a Arquímedes: ¿cómo saber si la corona que le habían obsequiado era de oro y no una aleación de oro y plata?

Arquímedes conocía el peso específico del oro y de la plata. Pero no había forma de medir el volumen de un objeto tan irregular como una corona sin fundirla y vaciarla en un recipiente. Entonces tomó un baño mientras pensaba en cómo resolver su problema, y se dio cuenta de que el nivel del agua ascendía a medida que él entraba en ella. El agua desplazada era igual al volumen del cuerpo sumergido en ella.

Arquímedes ya sabía que el nivel de agua ascendía cuando el se metía en ella. Pero no se dio cuenta de las consecuencias de ello hasta que no mezcló su problema de la corona con este hecho cotidiano.

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La historia de la desigualdad entre seres humanos según su inteligencia (III)

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Cada vez más el cociente intelectual va perdiendo su carácter monolítico. Cada vez más descubrimos que la inteligencia está formada por componentes que se deben entender como independientes entre sí. Howard Gardner resumió esta investigación en La nueva ciencia de la mente, en 1985.

Allí distinguía entre las siguientes formas de inteligencia: la personal (capacidad para comprender a otras personas); la corporal-cinestésica (capacidad para coordinar los movimientos); lingüística; logicomatemática; espacial (capacidad para componer imágenes virtuales de objetos y manipularlos en la imaginación) y la musical.

Para dividir la inteligencia en estas 6 partes se realizaron complejas experimentaciones, entre las que destaca la investigación de traumatismos cerebrales, que evidenció que, aunque la inteligencia lingüística quedara dañada, la musical permanecía inalterable.

Actualmente, la multiplicidad de inteligencias está sumando nuevos componentes, como la inteligencia emocional defendida brillantemente por Daniel Goleman.

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Los niños con trastorno por déficit de atención no lo sufren en los videojuegos

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Todos nos hemos visto obligados a hincar los codos alguna vez para estudiar para un examen. Y luego para otro más. Y ¿todo para qué? Para obtener una eventual titulación que nos proporcione un presunto puesto laboral bien remunerado o, en el caso de los más utópicos, una mente bien amueblada.

Pero ¿de dónde sacamos fuerzas de flaqueza para continuar adelante cuando la recompensa es tan lejana? Nuestros circuitos de recompensa han de tener un determinado nivel de dopamina para ir liberándola en pequeñas dosis cada cierto tiempo: así mantenemos la motivación a largo plazo.

No obstante, los niños con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) tienen esta función alterada, de modo que no hay motivación a largo plazo. Ésa es la razón por la cual esta clase de niños son incapaces de atender a clase o estudiar una lección y, sin embargo, se pasan horas delante de la consola: el videojuego proporciona estímulos de recompensa inmediatos, puntos, bonificaciones, vidas extra, subidas de nivel, etc.

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El pulso emocional en la Segunda Guerra Mundial

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Cuando nos relacionamos con una persona siempre aflora un pulso emocional entre ambos, una firma irrepetible que aparece de manera espontánea y automática. Algo así como una música que no oímos pero que nos influye. Una serie de patrones que nacen de la unión entre los patrones de cada individuo.

Sé que suena muy metafísico, de modo que os lo aclararé con un ejemplo. Durante la Segunda Guerra Mundial, las mujeres eran capaces de determinar quién estaba detrás de un aparato de radio sin escuchar su voz, ni sus pensamientos, ni su localización. Les bastaba con escuchar cómo transmitían en código Morse.

La mayoría de estas interceptores emocionales, formadas por los británicos durante la guerra, eran mujeres. Su trabajo consistía en permanecer día y noche conectadas a las emisoras de radio de las diversas divisiones del ejército alemán.

Los alemanes, además de emitir en los pulsos cortos y largos propios del Morse, hablaban en código, así que era imposible saber lo que estaban diciendo. Pero las operadoras acababan detectando una información muy relevante: identificaban quién estaba emitiendo el mensaje.

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La historia de la desigualdad entre seres humanos según su inteligencia (II)

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La mayoría de nosotros se ha sometido alguna vez a un test de CI. Son baterías de preguntas sobre distintos tipos de tareas, sobre ordenar conceptos, completar sucesiones de números, componer figuras geométricas, etcétera.

El test estándar de cociente intelectual es el de Binet-Simon.

En la anterior entrega de esta colección de artículos sobre la inteligencia decíamos que Lombroso asoció genialidad con locura. Algo que fue refutado empíricamente en los años 1920. Para ello, Terman, un investigador norteamericano, sometió a pruebas de larga duración a personas que habían obtenido una puntuación superior a 140 en un test de CI.

La conclusión fue que la mayoría de los superdotados eran, respecto a las personas de cociente intelectual medio, más equilibradas psíquicamente e incluso más sanos físicamente.

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La historia de la desigualdad entre seres humanos según su inteligencia

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A veces me sorprende la protección que dispendiamos a determinados colectivos y, por el contrario, cómo nos despreocupamos de otros. Por ejemplo, está prohibidísimo decir algo que minusvalore a una mujer o a un grupo étnico.

Pero nadie se escandaliza si se discrimina a un calvo, o al que sostiene una opinión distinta a la corriente mayoritaria y buenrollista.

Me explico: un empresario será socialmente estigmatizado si se niega a contratar a una mujer porque, a su juicio, le resulta menos rentable. Pero nadie defenderá ni impulsará cuotas de contratación para calvos, gordos o cualquier otro rasgo que el empresario considere poco rentable (si es calvo, no da buena imagen, si es gordo, será un vago, etc.).

Si alguien “cree” que eres tonto y no cuenta contigo, puede ser más o menos censurado. Si “cree” que eres tonto porque eres inmigrante, mujer o beato (o ateo, que no enfade nadie: el presidente de EEUU nunca podría declararse ateo) entonces a todas luces es censurable. No importa las razones que arguyas para declarar tonto a uno, aunque sean completos juicios sesgados. Pero si la razón es ser lo anteriormente dicho, entonces es censurable sin discusión.

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A vueltas con San Valentín: algunos fundamentos biológicos sobre el enamoramiento

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Tras la resaca de San Valentín, las flechas de Cupido y los regalos de los grandes almacenes (a todos nos gustan los regalos, sobre todo a los grandes almacenes), vale la pena puntualizar algunas cosas sobre el amor desde un punto de vista biológico. Me perdonarán los poetas.

Se dice que el amor es una droga. O que el chocolate es el sustituto del amor. Estas creencias populares tienen mayor base científica de lo que pensamos. En efecto, el enamoramiento (que no el amor) puede ser adictivo como una droga; y el chocolate es bueno para el paladar, pero también puede picar los dientes.

El amor una suma de complejas interacciones biológicas y culturales, una mezcolanza indisociable de compañía, compromiso, consideración, comunicación, consenso en valores, aficiones compartidas, reciprocidad y otras. También deseo y emoción, por supuesto.

Sin embargo, no debe confundirse amor con enamoramiento, o flechazo. El enamoramiento es una coctelera neuroquímica que, aunque placentera, puede llegar a a picar los dientes, o a nublar nuestro juicio, o incluso a hundir un matrimonio.

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Cómo saber si un matrimonio tendrá éxito en sólo 15 minutos

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Tendemos a pensar que para conocer a alguien necesitamos grandes cantidades de tiempo a fin de evaluar todos sus rasgos, uno a uno y en diferentes contextos. Lo mismo sucede cuando nos preguntan si un matrimonio tendrá futuro o no: ¿cómo saberlo en un simple golpe de vista?

Hay un psicólogo que asegura haber encontrado la forma de profetizar el futuro de un matrimonio en sólo 15 minutos, y sin usar ninguna bola de cristal. A John Gottman, un psicólogo que también estudio ciencias exactas en el MIT, le basta con registrar en video una conversación entre una pareja de novios y, a continuación, analizarla profundamente para hacer una estimación sobre si la relación es sana o no.

Todos los matrimonios deben afrontar problemas relacionados con el dinero, el sexo, los hijos, el trabajo y la familia política. A veces se enzarzan en estas cuestiones hasta el punto de que parecen que se querrían matar mutuamente. Otras veces se muestran tan felices que parece que sean el uno para el otro.

Pero, para Gottman, no hace falta observar a las parejas en todos estos estadios de relación, ni tampoco es necesario reunir mucha información de los contextos más diversos posibles.

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