Tu estado de ánimo depende del estado de ánimo de los demás (y II)
Por esa razón, nuestro abanico de muecas es impresionante. Porque no sólo es una señal para transmitir lo que pasa en nuestras mentes. De alguna forma, también es lo que pasa en nuestra mente, influye en ella, como sostiene Paul Ekman (sí, el personaje de Lie To Me se basa en él).
Ekman fue uno de los fundadores del llamado Sistema de Codificación de las Acciones Faciales o FACS. Es un dossier fascinante de 500 páginas con toda clase de detalles acerca de los movimientos posibles de los labios (alargar, arrugar, comprimir, aplanar, ampliar, sacar, tensar); los cuatro cambios que se pueden producir en la pie entre los ojos y las mejillas (protuberancias, bolsas, arrugas); o bien las diferencias más significativas entre arrugas infraorbitales y nasolabiales.
Los investigadores han usado este mamotreto de expresiones para toda clase de cosas, desde investigar la esquizofrenia hasta las enfermedades de corazón. Incluso ha servido a los animadores de Pixar y Dreamworks para hacer películas como Toy Story o Shrek.
Cada vez más, la memética permite revelarnos que nosotros, de una forma asombrosamente profunda, somos en gran parte una suma de influencias por parte de la gente con la que tenemos un contacto cotidiano.
No importa que hablemos de seres humanos de distintas culturas, tampoco de primates sociales no humanos en los que se ha estudiado en profundidad el desarrollo sexual (como los titís y tamarinos de Sudamérica o los macacos asiáticos). El efecto Westermarck se produce en todos ellos.
Poco a poco estamos descubrimiento que el sentido moral es algo que surge de forma innata en el ser humano (aunque esa moralidad acostumbre a manifestarse sólo entre los miembros de nuestro propio grupo o clan).
Siguiendo en la línea del anterior post,
Todos somos capaces de detectar en pocos segundos si nos encontramos frente a un autista, sobre todo si tiene pinta de Dustin Hoffman en
Aunque lo hacemos con naturalidad desde muy pequeños, resulta asombrosa la capacidad de nuestro cerebro para registrar hasta detalles infinitesimales el lenguaje no verbal de los demás y, por supuesto, de expresar nuestras emociones con nuestros gestos y muecas. Un ligero desvío de mirada, un milimétrico frunce en el entrecejo, un mínimo tic en el labio… todo cuenta en la muda partida de ajedrez psicoemocional a la hora de suponer qué piensa realmente el otro y si este pensamiento se relaciona con lo que dice.
La idea de que los maridos nunca recuerdan fechas románticas o aniversarios, mientras que las esposas sí, parece deberse al modo diferente en que hombres y mujeres usan el cerebro, según un reciente estudio.
A lo largo de este mes, por cuestiones de trabajo, voy a estar dedicado en cuerpo y alma a discutir y ahondar de la forma más valiente y desprejuiciada acerca de las diferencias entre hombres y mujeres, los orígenes del machismo, qué sexo es mejor que el otro y para qué, etc.
¿Qué hacer? ¿Comer ese pedazo de tarta de chocolate o no hacerlo? ¿Dar rienda suelta a nuestro impulso de procesar azúcar para sentir bienestar inmediato o mantener la dieta para evitar futuros problemas coronarios?