Las 5 bacterias que más amenazan al ser humano
A rebufo de las letras helvéticas que está generando la ya epidemia de la peste porcina, vale la pena abundar un poco en las bacterias que también habitan nuestro mundo. Aunque en principio nos infunden menos temor, lo cierto es que cada vez amenazan más al ser humano. Una de las razones del aumento de su nivel de amenaza radica en el abuso de antibióticos que usamos para combatirlas, que progresivamente está aumentando su resistencia.
Las bacterias representan una de las formas de vida más antiguas, resistentes y extendidas de la Tierra. Son unicelulares y apenas tienen cinco micrómetros de largo (cinco millonésimas partes de un metro). Para que os hagáis una idea de su presencia, imaginad un gramo de tierra. En ese gramo hay 40 millones de células bacterianas.
Además de haber muchas, también hay un abanico casi infinito de tipos de bacterias. Tanto es así que se cree que el 90 % de las bacterias existentes aún no han sido descritas. Tienen una capacidad de supervivencia tan elevada y una resistencia al medio tan numantina que hasta algunas son capaces de permanecer tan tranquilas en el espacio exterior, en la lava de un volcán o en deshechos radioactivos.
Una visión científica sobre el aborto (y IV)
Según la biología moderna, lo que llamamos “persona” emerge poco a poco de un cerebro que se desarrolla gradualmente. El cerebro empieza a funcionar en el feto, pero sigue conectándose hasta bien entrada la infancia e incluso la adolescencia. Las fronteras, pues, cada vez son más difusas. Y este problema también se produce en los instantes finales de la vida de una persona, pues la muerte no es otra cosa que un fallo gradual e irregular de diversas partes del cerebro y el cuerpo.
Entre la vida y la muerte hay muchos grados y tipos de existencia, algo que se agudizará a medida que avance la tecnología médica.
De nuevo Steven Pinker:
Esto no significa que no existe ninguna política defendible y que haya que dejarlo todo en manos del gusto personal, el poder político o el dogma religioso. Como señala el bioético Ronald Green, significa sencillamente que tenemos que reconceptualizar el problema: de encontrar una línea divisoria en la naturaleza a decidir una línea divisoria que mejor equilibre lo bueno y lo malo de cada dilema político. En cada caso debemos tomar decisiones que se puedan llevar a la práctica, que consigan el máximo grado posible de felicidad y que reduzcan al mínimo el sufrimiento actual y futuro. Muchas de nuestras políticas actuales ya son compromisos de este tipo: se permite la investigación con animales, aunque se regula; a un feto muy desarrollado no se le reconoce un estatus legal completo como persona, pero no se puede abortar a menos que sea necesario para proteger la vida o la salud de la madre. Green observa que el cambio de buscar a decidir esas líneas divisorias constituye una revolución conceptual de dimensiones copernicanas.
Una visión científica sobre el aborto (III)
3) ¿Qué tiene de especial el momento de la concepción? Para la doctrina moral que encontramos en algunas confesiones cristianas constituye el instante en el que el alma entra en el cuerpo, catalogándose así de asesinato el aborto, la eutanasia y la obtención de células troncales de los blastocitos. Pero desde la neurociencia, el alma (o el Yo) es algo inherente a la actividad neuronal que se desarrolla gradualmente en el cerebro del embrión.
De nuevo habla Steven Pinker:
Vista la dificultad que plantean estas decisiones, resulta tentador acudir a la biología para buscar o ratificar unas fronteras como la de “cuándo empieza la vida”. Pero esto no hace sino subrayar el conflicto entre dos formas irreconciliables de concebir la vida y la mente. El concepto intuitivo y moralmente útil de un espíritu inmaterial simplemente no se puede compaginar con el concepto científico de la ontogenia y la filogenia de una actividad cerebral que surge gradualmente. Dondequiera que tracemos la línea entre la vida y la no vida, o entre la mente y la no mente, aparecerán casos ambiguos que cuestionarán nuestras intuiciones morales.
Una visión científica sobre el aborto (II)
La ciencia trasciende nuestra mirada bizca y nos muestra un poco mejor qué se esconde detrás de los espejismos de la realidad. Como un telescopio. Como un microscopio. Como unas lentes bien graduadas. Como unos rayos X que no se quedan en la superficie de las cosas.
Por esa razón es inconcebible que una persona sostenga una opinión cualquiera sobre el aborto sin previamente haberse armado esta opinión bajo un riguroso prisma científico. Dejando atrás lo que creía saber.
Y entonces, una vez tengamos a mano todo lo que sabemos científicamente sobre el aborto, deberíamos abordar realmente el asunto de las fronteras. ¿16 semanas? ¿El instante de la concepción? ¿Una vez nacido? ¿Después de unos meses de haber nacido pero antes de que el sistema nervioso se haya acabado de formar?
La frontera, desde un punto de vista científico, es imposible de establecer. Pero sí se pueden descartar algunas ideas preconcebidas, o al menos se pueden discutir más fluidamente.
Lo expresa así Daniel Dennett en su libro La peligrosa idea de Darwin:
Una visión científica sobre el aborto (I)
A rebufo de la tramitación de la nueva ley del aborto en España, que permitiría a las adolescentes de 16 años interrumpir su embarazo sin ni siquiera comunicárselo a sus padres, el debate sobre la legitimidad de la mujer para abortar vuelve a estar de moda.
No voy a discutir específicamente sobre el límite de los 16 años de edad. Es una frontera como otra cualquiera, tan arbitraria como la que establece los 14 años como la edad mínima para llevar un ciclomotor, hacer un testamento o usar armas de aire comprimido con permiso paterno; que a los 13 años se puede mantener relaciones sexuales consentidas (incluso con un adulto); o que a los 16 años uno puede ponerse un piercing, someterse a cirugía estética o trabajar (con permiso paterno).
Las fronteras son así. Difusas. Cambiantes según la sociedad (cada país tiene fronteras diferentes; cada época, también). Y sobre eso trata el tema del aborto, de fronteras. De fronteras biológicas, antropológicas y sociológicas. Pero también de fronteras sobre nuestros conocimientos y nuestra manera de percibir el mundo.
Olfateando las células cancerígenas
Una nariz electrónica es un sistema electrónico con capacidad analítica cuya finalidad es detectar los compuestos orgánicos volátiles; en el fondo no es más que una imitación simplificada del sistema olfativo de los mamíferos.
La NASA ha creado una nariz electrónica capaz de detectar las células cancerígenas.
Como sucede con muchos inventos (la Viagra, por ejemplo, no fue concebido originalmente para corregir la impotencia), la agencia aeroespacial no tenía intención de crear una nariz que oliera el cáncer. Su idea original era la de crear un sistema de control de la calidad del aire desarrollado para el transbordador espacial Endeavor. Sistema que más tarde sería instalado en la Estación Espacial Internacional.
Ahora este sistema se revela como una afinada nariz capaz de detectar y diferenciar el olor que desprende una célula normal de otra cancerígena. Lo cual ha llamado la atención de la Brain Mapping Foundation City of Hope Cancer Center, un centro de investigación para el cáncer que ha empezado a colaborar con la NASA a fin de hallar nuevas claves sobre el cáncer.
Libros de ciencia un poco raros
En los primeros años del siglo XX, un grupo de jóvenes matemáticos franceses inventó a Nicholas Bourbaki, y al firmar sus artículos con este nombre lo convirtieron en el fundador de una de las corrientes más importantes del pensamiento matemático del siglo XX. Una de sus obras, una enciclopedia titulada Éléments de mathématique (Elementos de matemáticas), de 1939, dedica nada menos que 200 páginas a hablar de todo tipo de cuestiones relativas a un único número. Y no hablan de Pi, ni de ningún otro número curioso, sino del número en apariencia menos llamativo de cuantos tenemos: el 1.
En libros de medicina, seguro que el del famoso médico holandés Herman Boerhaave (1668-1738) gana por goleada a cualquier otro que se haya escrito sobre la materia. Dejó a su muerte un manuscrito sellado con su último libro en el que había prometido revelar los más profundos secretos de la medicina. El libro sellado se vendió caro en una subasta, habida cuenta de que el autor ya se había cosechado una muy buena reputación en vida. La sorpresa vino cuando se abrió el sello y se leyó el contenido.
Todas las páginas estaban en blanco excepto el prólogo. Y en él, el autor recomendaba como remedios universales dos sencillos principios: mantener la cabeza fresca y los pies calientes para no acatarrarse.
Las incontables utilidades de la aspirina
La gente cree que la aspirina es una simple pastilla que tomamos cuando nos duele la cabeza. Pero es mucho más. Hoy en día continúa siendo el medicamento por excelencia.
Forma parte del Libro Guinnes de los Records, ha ganado un premio Nobel y fue elegida como uno de los cinco inventos imprescindibles legados por el siglo XX. Cada segundo que pasa, la aspirina es consumida por 2.500 personas en todo el mundo, y se calcula que han circulado alrededor de 350 billones de comprimidos a lo largo de sus escasos 100 años de historia.
Como escribió Ortega y Gasset en 1930, “la vida del hombre medio es hoy más fácil, cómoda y segura que la del más poderoso en otro tiempo. ¿Qué importa no ser más rico que otros si el mundo lo es y le proporciona magníficos caminos, ferrocarriles, telégrafos, hoteles, seguridad corporal y aspirina?”
Algunas de sus utilidades principales son:
Superhéroes más cotidianos: la ciencia para hacer verosímil un superpoder (I)

De pequeño quería ser Supermán. Lo que más deseaba en el mundo era volar y llevar la ropa interior por fuera. Y salvar a la gente.
Cuando nos hacemos mayores, enmascaramos ese deseo por sobresaltar mediante ardides menos llamativos: nos convertimos en artistas, millonarios, futbolistas o políticos, por ejemplo. Porque ésos son los verdaderos superhéroes: individuos que aprovechan sus habilidades para escalar socialmente (por supuesto, esto sólo es una tendencia inconsciente).
Pero aparco para otro día las sutilezas del altruismo, el egoísmo y el estatus, procelosos asuntos que requerirían un post aparte. Hoy me quiero centrar en la ingenuidad que destilan los superhéroes de ficción, los de portada de cómic, los que llevan mallas. Una ingenuidad que podría ser subsanada con un poco de ciencia.
Curiosamente, la mayoría de géneros de ficción basculan entre lo infantil y lo adulto, entre el encefalograma más plano y el infinitamente aserrado. Existen, por tanto, historias de amor tontas y predecibles, pero también las hay inteligentes y llenas de matices. Lo mismo sucede con las historias de gangsters. Con las comedias. O, incluso, con las de naves espaciales surcando el espacio (sin hacer chiu chiu al disparar su láser).
Con las historias protagonizadas por superhéroes, sin embargo, no ocurre lo mismo. El fiel de la balanza se inclina indefectiblemente hacia la ramplonería y la lisura psicológica, cuando no hacia la simple tomadura de pelo.
El mito de la comida con hierro: las espinacas y las lentejas
Odio las espinacas. Siempre las he odiado y siempre las odiaré. Ecs. Su sabor me resulta vomitivo. Su olor me produce náuseas. Sin embargo, un tal Popeye y una sociedad analfabeta y gregaria convenció a mi madre de que debía comer espicanas día sí y día también para absorber sus infinitos yacimientos de hierro.
Y es que los saberes populares y los remedios de la abuela siempre revisten este problema: o son verdaderos y funcionan o son completamente falsos y parece que funcionan.
Pero ¿por qué la gente sigue creyendo que las espinacas tienen mucho hierro? No hay espacio aquí para ahondar en el proceloso asunto de los memes. Pero sí puedo contaros los antecedentes históricos del asunto.
En los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial, se detectó en los Estados Unidos un alarmante incremento de anemias ferropénicas entre los niños. Las autoridades encargaron a un presunto experto la búsqueda de un alimento rico en hierro para introducirlo en la dieta infantil.
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