La historia de la desigualdad entre seres humanos según su inteligencia (II)
La mayoría de nosotros se ha sometido alguna vez a un test de CI. Son baterías de preguntas sobre distintos tipos de tareas, sobre ordenar conceptos, completar sucesiones de números, componer figuras geométricas, etcétera.
El test estándar de cociente intelectual es el de Binet-Simon.
En la anterior entrega de esta colección de artículos sobre la inteligencia decíamos que Lombroso asoció genialidad con locura. Algo que fue refutado empíricamente en los años 1920. Para ello, Terman, un investigador norteamericano, sometió a pruebas de larga duración a personas que habían obtenido una puntuación superior a 140 en un test de CI.
La conclusión fue que la mayoría de los superdotados eran, respecto a las personas de cociente intelectual medio, más equilibradas psíquicamente e incluso más sanos físicamente.
A veces me sorprende la protección que dispendiamos a determinados colectivos y, por el contrario, cómo nos despreocupamos de otros. Por ejemplo, está prohibidísimo decir algo que minusvalore a una mujer o a un grupo étnico.
Cada uno de nuestros genes es una hebra de 2.000 a 3.000 pares de bases (letras genéticas). Entre los pares de bases que componen los genes activos, cada triplete (conjunto de tres) se traduce en un aminoácido.
Tras la resaca de San Valentín, las flechas de Cupido y los regalos de los grandes almacenes (a todos nos gustan los regalos, sobre todo a los grandes almacenes), vale la pena puntualizar algunas cosas sobre el amor desde un punto de vista biológico. Me perdonarán los poetas.
En la anterior entrega de este artículo nos preguntábamos si el efecto Westermarck tenía un origen genético y que éste hubiera sido favorecido por la selección natural porque el incesto es biológicamente nocivo. ¿Cuánto hay de cierto en ello?
En el artículo anterior descartábamos los cromosomas X e Y como consecuencia de la mayor longevidad de las mujeres respecto a los hombres, así como el hecho de que el sexo masculino tenga más tamaño y que ello produzca más complicaciones en el parto.
Independientemente de dónde establezcamos el estudio, las mujeres viven de 4 a 10 años más que los hombres. Esta diferencia de la esperanza de vida, además, ha ido aumentando con el tiempo.
La epigenética viene a demostrar que el
Quizá el ejemplo más sorprendente de un gen que influye en el comportamiento es el que influye en la siesta. Como los seres humanos, las moscas se despiertan por la mañana, se echan una siesta al mediodía y duermen por la noche, todo en un ciclo de 24 horas. Aunque las moscas hayan crecido en la oscuridad más absoluta, conservan estos ciclos con la precisión de un reloj suizo. Incluso con mayor precisión, porque está escrito en sus genes.