Teletranspórtame, Scotty
La teletransportación, aunque ha sido una idea sugestiva y omnipresente en la ciencia ficción, siempre ha resultado una quimera.
No sólo por los problemas físicos que plantea sino también por los filosóficos: si podemos copiar el puñado de átomos que nos compone y formarlo en otro lugar distante, ¿quién somos en realidad? ¿El original o la copia?
¿Y existe algo parecido a la conciencia o incluso la vida si nos esfumamos para ser reconstruidos en otro lugar con otros átomos diferentes? ¿No nos morimos en realidad? ¿O la pregunta no tiene sentido?
Sin embargo, la teletransportación empieza ser más plausible década a década. Al menos a pequeña escala. La revista Time ha incluido un experimento en este sentido como uno de los más destacado del año 2009.

Muchos de vosotros habéis comentado por aquí que no acabáis de entender para qué se gasta tanto dinero en una máquina colosal como el LHC que, en apariencia, no tiene ninguna aplicación práctica.
Las nuevas tecnologías facilitan el entrenamiento de los deportistas de tal forma que, hoy en día, se obtienen marcas impensables hace apenas unas décadas.
Como corolario de las limitaciones epistemológicas de la ciencia, es hora de ir a los casos prácticos. ¿Qué hazañas asumen generalmente los científicos que jamás se alcanzarán? ¿Qué es imposible de conseguir aunque la ciencia avance 1.000 años? ¿Qué es lo que nunca se podrá resolver?
El problema de responder a todas las preguntas del universo es que nosotros vivimos en ese mismo universo. El sistema no puede saber cómo es el sistema si está dentro de ese mismo sistema.
La ciencia es un mecanismo para acumular conocimiento que, aunque no alcance nunca la certeza absoluta que nos prometen las religiones, se acerca progresivamente a una mayor comprensión del mundo y de nosotros mismos.
A rebufo del interés que muchos lectores han manifestado en los comentarios de la