El ansia de carne de los monos

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Todos hemos sido sometidos a esa tortura desde la infancia. Me refiero al plato de verdura, al brócoli, al plato verde, en definitiva, cuando nosotros, en realidad, lo que queríamos era arroz con tomate, hamburguesas o pastelitos (con pegatinas de regalo).

Al igual que Homer Simpson con el colmillo goteando frente a una rosquilla, incluso tuvimos que soportar esos platos infinitos de espinacas porque, según Popeye, tenían mucho hierro: una errata de imprenta en toda regla.

El hierro, pese a lo que diga la cultura popular, se presenta con mayor abundancia en los alimentos de origen animal. Comer morcilla, de hecho, es como mascar hierro puro, de algún modo.

Los monos, en ese sentido, son como nosotros. Su ansia de carne es tal que, a pesar de las imágenes que nos hemos creado de ellos, son capaces de rechazar verdura o fruta si hay carne en el menú. Lo cual también desmiente la creencia que sustentaban los antropólogos hasta hace bien poco: que los monos eran esencialmente vegetarianos.

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Newton y las profecías bíblicas (y III)

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La última retahíla de excentricidades de Newton las enumera Martin Gardner:

A Newton no le interesaban ni la música ni el arte, y en cierta ocasión describió despectivamente la poesía como “disparates ingeniosos”. Nunca hizo ejercicio, no tenía aficiones recreativas ni interés por los juegos, y estaba tan obsesionado con su trabajo que muchas veces se olvidaba de comer o comía de pie para ganar tiempo. Tenía pocos amigos, e incluso con ellos se mostraba con frecuencia pendenciero y rencoroso. En una de sus cartas a John Locke, su mejor amigo entre los filósofos británicos, le decía: “Siendo de la opinión de que siempre intentas embrollarme con tus lamentaciones y por otros medios, me sentía tan afectado por ello que cuando alguien me dijo que estabas enfermo y no vivirías, le respondí que mejor estarías muerto. Deseo que me perdones por esta falta de caridad.

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Tira los dados dodecaedros de tu personalidad: el neuroperfil (y II)

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Como decía en la anterior parte de este post, nuestros niveles de serotonina se determinan por una mezcla de genética y cultura.

Cierto es que medir a una persona por ejes neuroquímicos o por puntuaciones de personaje de rol es una simplificación. Pero mayor es la simplificación al catalogar a una persona mediante su puntuación en un test del Cociente de Inteligencia o en uno de esos temidos SAT (Scholastic Aptitude Test) de acceso a la universidad.

Un mapa químico del cerebro de una persona, aunque una burda simplificación, siempre ofrecerá más información sobre la personalidad de ese individuo. Y el neuroperfil no tendrá un carácter excluyente: podría integrarse a las demás formas de entender la personalidad.

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Newton y las profecías bíblicas (II)

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Como Newton se tomaba muy en serio sus creencias y no quería que le tomaran por un chiflado, se tomo la molestia de demostrar que el Antiguo Testamento es una historia exacta y precisa elaborando una cronología de la historia del mundo basada en datos astronómicos como los eclipses y los movimientos de las estrellas, y leyendas como la de Jasón y los Argonautas, qué él consideraba auténtica.

Es decir, que con mucho ingenio y paciencia, finalmente consiguió armonizar la historia bíblica con las historias laicas del mundo antiguo. O algo parecido. Un esfuerzo intelectual inmenso que, de haberse reconducido de otro modo, quién sabe qué aportaciones científicas hubiera generado.

Por esa razón, en las biografías se menciona poco o nada de todos esos años en los que Newton despilfarró su genio. Por ejemplo, en la undécima edición de la Encyclopaedia Britannica, sólo se dedica un breve párrafo a sus estudios bíblicos. Pero en la decimocuarta edición, ni siquiera se menciona.

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Genciencia en versión móvil

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Genciencia en versión móvil

¡Siguen los cambios en el blog! Se trata, en esta ocasión, de una herramienta que puede ser bastante “natural”, si se tiene en cuenta que accedemos con cada vez más frecuencia a Internet desde nuestros teléfonos móviles. Ahora Genciencia, tienen una versión móvil de manera que podréis acceder a nuestros contenidos desde cualquier parte que os enconntréis.

La interface que encontraréis allí es bastante ligera con pestañas que os permitirán navegar entre lo más reciente, lo mejor, categorías y, finalmente, leer más en las diferentes bitácoras de Weblogs SL. Este desarrollo fue posible gracias al patrocinio de Vodafone 360.

Por lo pronto, es una versión de sólo lectura con acceso a las entradas y a los comentarios pero esperamos que paulatinamente irá ampliándose hasta brindar la posibilidad de comentar desde el propio móvil.

Más información | Nuestras versiones móviles

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Newton y las profecías bíblicas (I)

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Muchos científicos son creyentes e, incluso, se dejan seducir por asuntos sobrenaturales o que se hallan extramuros de la ciencia oficial (aunque dudo que alguno apoye las ligerezas granguiñolescas de Friker Jiménez). Porque, aunque sea difícil de creer, los científicos también son seres humanos, con sus miedos, sus anhelos, sus sentimientos, sus debilidades, sus intuiciones ilógicas, sus manías persecutorias e incluso su falta de fe hacia el método científico.

Por ello no debemos caer en el error de confundir la ciencia con los científicos. El método científico es la forma más idónea que conocemos para alcanzar una verdad consensuada y temporal. Los científicos no siempre son la mejor forma de hacerlo.

Como prueba de ello, como prueba de que los científicos no pueden escapar del marco sociocultural en el que se han criado, al igual que los filósofos (los hubo misóginos, machistas y pro esclavistas) y cualquier otra profesión íntimamente ligada al intelecto, hoy voy a hablaros del eminente Newton y su obsesión por las profecías bíblicas.

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Tira los dados dodecaedros de tu personalidad: el neuroperfil (I)

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Tres son los ejes que determinan vuestra personalidad. Al menos si aceptamos como válida la teoría del psicólogo Robert Cloninger: la “teoría biosocial unificada de la personalidad”. Una teoría que se organiza en torno a tres ejes que corresponden con los tres principales neurotransmisores de nuestro cerebro: la serotonina, la dopamina y la norepinefrina.

Primero el eje de la serotonina: se relaciona con evitar el daño. Niveles altos de serotonina implican que nos sentiremos menos vulnerables a potenciales agravios, sobre todo de nuestra autoestima. Así pues, la serotonina es como un chute de ego, de confianza en uno mismo. Unos niveles bajos de serotonina, entonces, inducirán a la persona permanecer a la defensiva, a ser más conservadora, a encerrarse más en sí misma.

El eje de la dopamina regula la necesidad de buscar novedades, como expliqué en el post ¿Por qué nos gustan los giros de argumento de Perdidos? La dopamina es un juez de las expectativas que tenemos sobre las cosas. Un chasco induce un nivel bajo de dopamina. Una sorpresa agradable, un aumento.

El eje de la norepinefrina regula las recompensas. Nos hace más o menos dependientes de los estímulos placenteros.

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Los comentarios pasan a primer plano en Genciencia

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Mejor comentario GencienciaPocos dìas después de haberos escrito sobre las nuevas funcionalidades en Genciencia que permiten a nuestros lectores compartir sus entradas favoritas en las principales redes sociales, tenemos ya activa una nueva herramienta que potencia, aún más, la posibilidad de intercambio.

Se trata, en este caso, del comentario más valorado que da presencia a los comentarios que hacen en nuestras entradas y que a su vez son votados positivamente por los demás lectores. En la columna izquierda veréis resaltado, de manera aleatoria, uno de los comentarios mejor valorados de los últimos días y luego, si entramos en la entrada a la cual hace referencia, estará en primer lugar.

Con esto, los usuarios que tienen mayor actividad en el blog pasan a tener un lugar protagónico dentro de Genciencia. Espero que estás nuevas funcionalidades os gusten tanto como a nosotros y que se entusiasmen cada vez más a participar y compartir.

Y pronto… nuevas mejoras.

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Lo que nos pasa cuando damos muchas vueltas sobre nosotros mismos

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Todos hemos jugado alguna vez a dar vueltas sobre nuestro propio eje, como una peonza, hasta que el mundo se pierde de vista. Entonces nos deteníamos de golpe y, sin embargo, notábamos que seguíamos dando vueltas… además de que nos tambaleábamos como dipsómanos recalcitrantes.

Mientras damos vueltas, los objetos que nos rodean pasan por delante de nosotros en dirección contraria a las agujas del reloj. Al detenernos, entonces tenemos la sensación de que la habitación parecer dar vueltas alrededor de nosotros en sentido opuesto, como si estuviéramos de pie, inmóviles, en el centro de un tiovivo.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué la habitación sigue dando vueltas cuando nos hemos parado y, encima, lo hace en la dirección contraria?

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¿El sexo no se lleva bien con la ciencia?

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Tenemos la idea de que el genio, consagrado a su trabajo y a sus objetivos profesionales, siempre en una nube, apenas tiene tiempo para los placeres mundanos, incluyendo los carnales.

Todos conocemos artistas que, por el hecho de serlo, son tocados por un sexappeal que resulta irresistible para muchas mujeres. Sin embargo, en el campo de las ciencias, la bata blanca y el aire geek no parecen ser tan sexualmente atractivos. O quizá son los propios científicos, tan objetivos y analíticos ellos, los que no le encuentran la gracia a un acto tan desordenado y poco higiénico como el coito.

Ello ha contribuido, quizá, a que muchos científicos, además de ser considerados mad doctors como los que aparecen en las películas, también se hayan convertido en criaturas asociales, insulares, con cierto reparo a la hora de entregarse al sexo. ¿Sexo y creatividad científica están reñidos?

Entre muchos de los casos recogidos, quizá los más radicales sean los 3 siguientes:

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