El ansia de carne de los monos
Todos hemos sido sometidos a esa tortura desde la infancia. Me refiero al plato de verdura, al brócoli, al plato verde, en definitiva, cuando nosotros, en realidad, lo que queríamos era arroz con tomate, hamburguesas o pastelitos (con pegatinas de regalo).
Al igual que Homer Simpson con el colmillo goteando frente a una rosquilla, incluso tuvimos que soportar esos platos infinitos de espinacas porque, según Popeye, tenían mucho hierro: una errata de imprenta en toda regla.
El hierro, pese a lo que diga la cultura popular, se presenta con mayor abundancia en los alimentos de origen animal. Comer morcilla, de hecho, es como mascar hierro puro, de algún modo.
Los monos, en ese sentido, son como nosotros. Su ansia de carne es tal que, a pesar de las imágenes que nos hemos creado de ellos, son capaces de rechazar verdura o fruta si hay carne en el menú. Lo cual también desmiente la creencia que sustentaban los antropólogos hasta hace bien poco: que los monos eran esencialmente vegetarianos.
La última retahíla de excentricidades de Newton las enumera Martin Gardner:
Como decía en
Como Newton se tomaba muy en serio sus creencias y no quería que le tomaran por un chiflado, se tomo la molestia de demostrar que el Antiguo Testamento es una historia exacta y precisa elaborando una cronología de la historia del mundo basada en datos astronómicos como los eclipses y los movimientos de las estrellas, y leyendas como la de Jasón y los Argonautas, qué él consideraba auténtica. 
Muchos científicos son creyentes e, incluso, se dejan seducir por asuntos sobrenaturales o que se hallan extramuros de la ciencia oficial (aunque dudo que alguno apoye las ligerezas granguiñolescas de
Tres son los ejes que determinan vuestra personalidad. Al menos si aceptamos como válida la teoría del psicólogo Robert Cloninger: la “teoría biosocial unificada de la personalidad”. Una teoría que se organiza en torno a tres ejes que corresponden con los tres principales neurotransmisores de nuestro cerebro: la serotonina, la dopamina y la norepinefrina.
Pocos dìas después de haberos escrito sobre las
Todos hemos jugado alguna vez a dar vueltas sobre nuestro propio eje, como una peonza, hasta que el mundo se pierde de vista. Entonces nos deteníamos de golpe y, sin embargo, notábamos que seguíamos dando vueltas… además de que nos tambaleábamos como dipsómanos recalcitrantes.
Tenemos la idea de que el genio, consagrado a su trabajo y a sus objetivos profesionales, siempre en una nube, apenas tiene tiempo para los placeres mundanos, incluyendo los carnales.